Un Mes al Ritmo de las Mareas

Durante el mes de mayo 2026 estuve representando a Manomet Conservation Sciences en la campaña de anillado de aves playeras coordinada por New Jersey Audubon en la Bahía de Delaware, primer sitio de la Red Hemisférica de Reservas para Aves Playeras (RHRAP), designado en 1986. Detrás de esa experiencia existen décadas de historia y un objetivo que va más allá de la captura de aves: fortalecer el trabajo colaborativo entre las organizaciones que protegen a las aves playeras a lo largo de sus rutas migratorias y capacitar a nuevos profesionales en las metodologías de captura y procesamiento de aves playeras, conocimientos necesarios para asegurar la continuidad del monitoreo de aves a lo largo del continente.

En este proyecto se trabaja principalmente con (Calidris pusilla) y Becasina Gris (Limnodromus griseus), dos especies que utilizan la Bahía de Delaware como una parada indispensable para alimentarse y descansar antes de emprender el último tramo de su migración hacia las zonas reproductivas del norte de Canadá. En los últimos años, la campaña ha incorporado profesionales latinoamericanos, entendiendo que la conservación de especies migratorias solo es posible cuando quienes trabajamos en distintos puntos de su recorrido aprendemos y construimos juntos.

Este año el equipo estuvo liderado por David Mizrahi y Lena Usyk, ambos de New Jersey Audubon, junto a seis profesionales latinoamericanos provenientes de distintos países. El objetivo principal fue recibir entrenamiento en el uso de la whoosh net (o red de lanzamiento rápido), una herramienta utilizada en la investigación de campo para atrapar aves vivas de forma segura. Así también, recibir capacitación en el procesamiento de aves, para luego aplicar ese conocimiento al trabajo que estamos desarrollando con el Falaropo Común (Phalaropus tricolor) en los lagos salados de América del Sur.

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De izquierda a derecha: Miguel Matta, María Paulino, Pablo Gigy G., Lena Usyk, Roberta Rodrigues, Gabriela Contreras, David Mizrahi y Selene Davey.

Compartí esta experiencia con colegas de SAVE Brasil, la Red de Observadores de Aves y Vida Silvestre de Chile (ROC), Birds of the Caribbean (República Dominicana), Environment for the Americas (Venezuela) y una profesional independiente de Paraguay. Fue sumamente enriquecedor compartir con cada uno de estos colegas, con distintas culturas y experiencias, y con quienes podría compartir proyectos o líneas de trabajo en un futuro.

En nuestra campaña de Delaware las mareas fueron las que decidieron cuándo empezaba una jornada y cuándo había que salir al campo. Algunas mañanas comenzaban antes del amanecer; otras, varias horas después. Todo dependía de las aves y de la capacidad del equipo, -quienes trabajan hace mucho tiempo en la zona- de entender o tratar de predecir las decisiones que las bandadas tomarán con el movimiento de la marea.

Cada día nos esperaba un sitio de estudio distinto. Apenas bajábamos de los vehículos, el paisaje todavía silencioso se transformaba rápidamente en un escenario de trabajo. Cada integrante asumía su rol casi sin necesidad de hablar. Mientras una parte del equipo preparaba la whoosh net o las redes niebla, otros organizaban la estación de anillado, dejando todo listo para el momento esperado en que las aves se acercarían a esos sitios.

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Pablo anillando una Becasina Gris (Limnodromus griseus)

Ver esa coordinación fue uno de los primeros aprendizajes del viaje: detrás de cada captura exitosa había años de experiencia. También se necesita confianza en el rol y responsabilidades asignadas y asumidas por cada miembro para que el equipo funcione como un solo organismo.

Cuando las capturas eran exitosas comenzaba otra carrera, igual de importante. En algunas jornadas procesábamos más de 150 individuos. Cada ave pasaba cuidadosamente por una serie de procedimientos estandarizados: se registraban las medidas biométricas, se marcaba el ave con un anillo metálico y una pequeña banderilla de identificación, y, según los objetivos de cada proyecto, se tomaban muestras biológicas como sangre, plumas o fecas. Algunos individuos también recibían radiotransmisores, ya sea con tecnología de radio o GPS satelital.

Al finalizar cada jornada regresábamos a la oficina de New Jersey Audubon para procesar las muestras biológicas. Después de varias horas de concentración en el campo, ese momento cambiaba completamente la energía del día. Entre tubos, planillas y computadoras aparecían las conversaciones sobre lo que había funcionado, las observaciones de la jornada y las anécdotas que inevitablemente dejaba cada salida. Definitivamente esos momentos también eran parte del entrenamiento.

A lo largo de la campaña recibimos la visita de personas que forman parte de la historia del programa de anillado y de la conservación de las aves playeras en la Bahía de Delaware. Escuchar sus experiencias fue comprender que el trabajo que estábamos haciendo no empezaba con nosotros ni terminaría cuando regresáramos a nuestros países. Éramos apenas un capítulo más dentro de una historia construida por generaciones de investigadores, voluntarios y organizaciones comprometidas con la conservación de estas especies.

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Cada paso estaba pensado para minimizar el tiempo de manipulación y asegurar el bienestar de las aves.

Con esta experiencia el aprendizaje ocurrió mucho más allá de las metodologías de captura. Cada jornada fortalecía nuestras habilidades técnicas, pero también nos invitaba a conocer otras formas de trabajar, otras culturas y otras maneras de entender la conservación. El equipo era tan diverso que cada conversación terminaba enseñando algo nuevo. Compartíamos experiencias sobre nuestros países, nuestros proyectos y los desafíos que enfrentamos para estudiar y conservar las distintas especies de aves playeras migratorias.

Luego de instalar las redes, debíamos esperar a que las aves se acerquen a los sitios de captura. Esa experiencia me invitó a reflexionar que trabajar con aves playeras también implica aprender a esperar. Esperar una marea, una bandada o el momento justo. Durante esas pausas surgen conversaciones que permiten conocerse y unir lazos con los colegas con quienes compartiste.

Como buen argentino, no puedo estar sin el mate. Asique apenas había un momento de espera o descanso, preparaba mi mate, una bebida tradicional argentina muy característica, que se comparte entre quienes estén en la “ronda”. Hacia el final de la campaña, más de la mitad del grupo ya compartía esa ronda conmigo.

Y creo que ese pequeño gesto resume mejor que cualquier otra imagen lo que significó ese mes en Delaware. Llegamos como profesionales de distintos países convocados para una capacitación. Nos fuimos como colegas, amigos y parte de una misma red que, al igual que las aves que intentamos proteger, conecta todo un continente.

 

Fotos: Pablo Gigy Gregoret